Caminar cientos de kilómetros con una mochila cargada a la espalda, hoy en día podría clasificarse como un acto de rebeldía o de locura.
Peregrinar supone dejar a un lado la vida cotidiana y permitir que el camino te despierte por dentro y abra tu corazón al ideal para el que está hecho, aprendiendo a desprenderse de las expectativas, del control o de los planes.
El camino nos ofrece la oportunidad de agradecer el presente, recordar quiénes somos cuando nos quitamos las máscaras y encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
Buen camino.